viernes, 9 de abril de 2010

el pobre Jack

El callejón está oscuro, lúgubre, abandonado. Sólo una luz mortecina que debe salir de algún burdel se refleja en los gastados adoquines del suelo y se convierte en un rayo brillante cuando toca la superficie lisa de un sucio charco. El lejano rumor de Londres apenas se oye, quizá se intuya, pero aquí todo es silencio, siniestro silencio.

Y unos pasos.

Resuenan rebotando de una pared a otra, elevando el eco conforme se acercan, escalofriantemente sonoros en el silencioso callejón.
Pone los pelos de punta.
Si fuera tú, echaría a correr.
Si fuera ella, posiblemente habría gritado así.

Pero todo es tan rápido que parece un parpadeo. Unos pasos, un grito aterrado... y silencio.
Siniestro silencio.

Los pasos se alejan deprisa envueltos en oscuridad.
El pobre Jack sólo quiso un amigo, pero no lo encontró. Sólo pidió amor, pero le rompieron el corazón. Buscó calor, pero sólo encontró lluvia, tormenta y desamparo.

Al pobre Jack lo buscan, pero no lo encontrarán jamás.


Y se convertirá en el Destripador más famoso de la historia.


viernes, 2 de abril de 2010

vacíos

Como aquella mañana en la que no podía, no quería, parar de sonreír porque te había visto cruzar la calle y guiñarme un ojo. Y caminabas segura sabiéndote diosa de mi religión.

Como aquella vez en la que un rayo de sol se encaprichó de tu ombligo. Jugaba con las sombras en el fondo de aquel rincón repleto de incertidumbre.

Como aquella vez que te bañaste en el mar sin más ropa que mis abrazos. Y las olas nos acompañaban carcajeándose envidiosas por un momento para siempre con nosotros.

Como aquellas veces en las que podía contar cada uno de los lunares que, desde tu cuello, se desparramaban en mil direcciones y alcanzaban el lugar de mis anhelos. Soñaba contigo incluso teniéndote a mi lado.

Como todos los días en los que supe que te conocía. Porque te miraba por dentro, entre vísceras y marionetas de cristal, y lo sabía, te conocía.

Como todos ellos, como todos esos días es el respirar hondo y sentirse vivo.

Sentirse vivo. Algo puro y frágil como un diente de león en medio de un huracán. Colócalo entre tus manos formando un cuenco. Con tus yemas suaves y delicadas se sentirá mejor al pensarse protegido. Pero no le abraces fuerte si luego le vas a soltar. No lo hagas. Mejor lento y delicado como un beso en un día en el que el mar susurra los segundos que se pierden. Protégeme... ¿No ves que hace viento y no quiero volar lejos?

Recordando cuando estudié y aprendí al dedillo cada uno de los detalles de tu fisionomía. Podría describirlos siguiéndote con mis manos.

Como si estuvieras aquí. Y bailáramos.

Como si me acariciaras el lóbulo de la oreja con tu dedo índice. Y me perdiera entre cosquillas.

Como si pudieras atravesarme con solo girarte hacia mí. Siempre lo has hecho al levantar la mirada y mirarme. Y me he vuelto a perder.

Como si pudiera respirar hondo o como si pudiera respirar.

Aparece débil tendido en el suelo helado de un cuarto del hogar que no siente suyo, sin poder mover un músculo como si convertido en un tetrapléjico se hubiera despertado una mañana. Con el ácido recorriéndole el cuerpo, quemándole como el fuego a un bosque seco. Deshaciéndose poco a poco y quedando nada de un ser que algún día fue. Siendo dolor y angustia su definición. Siendo lágrimas su esencia. Cenizas.

Como si pudiera hablarte desde el otro lado de la pared. Y tú pudieras escucharme hasta siendo muda mi voz.

Como si te viese humedecer tus labios con esa saliva tuya. Rojos eran esos labios como la sangre que me recorre.

Como si te viese entregar al mundo a un ser que era de los dos. Tuyo y mío. Es de los dos.

Pero el oxígeno desapareció del aire como el algodón blanco y débil vuela desde el diente de león con esa brisa que te sorprende. Desapareció para ahogarme en este mar sin fondo.

Un día en el que salió el sol entre dos nubes negras, muy negras, apareció ella en la puerta de mi cuarto. No medía más de un metro y sus ojos recordaban al edén. Pequeña dosis para mi pulmón izquierdo. Rosas blancas y lirios dorados que serían depositados entre hojas secas de un otoño terrorífico. Porque te lo prometí.

Como si pudieras verme cómo todos los días vivo por y para ella. Y sepas que está segura conmigo.

Como si con cada abrazo mío sintiera tuyo la mitad. Y no olvide tus caricias.

Como si estuvieras caminando a nuestro lado. Como si estuvieras. Como si estuvieras aquí.

Desde la lápida que dibuja mi soledad, agarrados de la mano el padre y la hija se miran. Una desde abajo y otro desde arriba. Ya han terminado. Hora de volver. Antes de que arranque el viento de nuevo.

Disimulando las lágrimas al recordar mientras camina el beso que le entregó en el momento en el que su corazón decidió pararse. El beso que le dio cuando sus labios se secaron y no volvieron a mojarse. Disimulando que eras mi vida a la otra parte de la misma. Disimulando lo que te quise. Disimulando lo que te quiero. Como si fuera necesario.

Como si mis pies se hubiesen perdido en la arena tras esa ola. Y ahora pesaran quintales.

Como el aire en mis pulmones otra vez. Soñado.

Como un beso en la mejilla a un caracol que sale con los días de sol. Un beso a mi caracol. A nuestro caracol.

Un beso en tu mejilla.

viernes, 19 de marzo de 2010




"Sin ti,
las emociones de hoy no serían más que la piel muerta de las de ayer"


Hipólito.

Amelie



martes, 16 de marzo de 2010

Julieta y Romeo

Julieta no quiere hoy asomarse al balcón. Está enfadada pero Romeo no sabe por qué. Lleva toda la tarde llamándola desde el jardín, pero ella no sale. Quizá es porque en los últimos días él no apareció. Ni siquiera mandó algún mensaje. Romeo pasea nervioso de un lado a otro debajo de su ventana. Pensó en hacerlo, pensó en avisarla, pensó mucho en ella. Pero no lo hizo y ahora Julieta no se quiere asomar a su balcón. Romeo se masajea las sienes mientras no para de andar en círculos. Se había sentido acorralado, de repente se le había echado encima toda aquella historia y había sentido la necesidad de escapar. Pero había pensado en ella, no había parado de hacerlo y cada vez más conforme iban pasando los días. Y al final había vuelto, había dejado otras fragancias, otras pieles, otros jardines para volver corriendo a llamarla debajo de su balcón. Pero Julieta no saldrá hoy, como cada noche, para ver si él está allí. Porque Julieta está enfadada, aunque Romeo no sabe muy bien por qué. Mira una vez más hacia arriba y ve luz en la ventana. Se sienta en el suelo, apoya la espalda en un árbol, estira las piernas delante de él y levanta la vista hacia el resplandor detrás de la cortina. Puede que Julieta no se asome hoy y puede que tampoco mañana. Pero Romeo esperará bajo su balcón.