viernes, 11 de febrero de 2011

No mucho



¿Cuánto crees que puedes estar mirando brillar las gotas en el cristal de una mampara mojada?
¿Cuánto, sin sentir tu cuerpo
des
nudo mientras éstas se enfrían sin piedad sobre tu piel?
¿Cuánto tiempo puedes pasar ensimismado en esas perlas centelleantes sin pensar que son sólo agua sino un firmamento preñado de estrellas que te guiñan el ojo con ternura, sin saber que sólo es un foco, sino el Lucero del Alba, que te
lleva lejos, más allá de ti?
¿Cuánto crees que puedes quedarte así, muy quieto, sin pensar en la angustia, en la incertidumbre, la desazón? ¿Sin sentir el cansancio de cada minúscula migaja de tu cuerpo, el agotamiento de tu esencia, el dolor de cabeza?
Sin pensar, sin sentir... nada.
¿Cuánto...?

No más de dos minutos.

sábado, 29 de enero de 2011

Cayeron las lágrimas de su elegante, fina y siempre delicada tristeza. Cayeron mojando tierra y sol. Su angustia surgió de repente sorprendiendo y nublando su sonrisa.


¿Por qué tiene que ser así?

Mis ojos reflejan otro color cuando te piensan.






La vida, que resulta ser muy puta.

viernes, 21 de enero de 2011

Cuando todo se paró

Me miraría después de que sus ojos escupiesen las lágrimas de su angustia.
Cuando, entre árboles dorados y negro algodón me vi escondido, me rodeó con sus ojos soleados.
Me miró cuando, tras llover y llover, el cielo puso fin a sus tristes cavilaciones y dejó mostrar los reflejos de blanco mármol entre sus dientes.
Cuando descubrí destellos entre sus cabellos alzó la mirada. Me miró.


La mujer.
Aquella mañana había salido a pasear por aquel parque infinito de marte con la intención de perderse un día más entre las mil cien ramas que lo poblaban. Había desayunado café y dos tostadas de mantequilla con mermelada de frambuesa, por eso será que sentía la efervescencia de su cerebro sonando a intensa actividad. Leyó todas las letras que escritas en los rincones hallaba y pensó cada letra, pensó su sentido y el baile de su escritura. Pensó los pasos que daba, el mecanismo del avance, a dónde se dirigía. Pensó hasta las voces que escuchaba, el timbre de las mismas, quién las recibía. Caviló tanto de todo y de nada que emborronó su cuaderno de ideas estúpidas hasta caer desde la ensoñación a la viva realidad.



Había sido profundo lo mirado, complejo y ajeno a lo común. Fue un pestañeo ligero que la despertó. Un mirar de reojo. Puedes llamarlo casualidad.



Se encontró en la superficie.

Halló lo esencial.
Soledad.

De entre los bancos desconchados del inmenso parque eligió el más escondido. De entre las ramas , las más tupidas. La más oscura de entre las nubes. Llovió.



El hombre.
Había madrugado mucho esa mañana nublada de octubre. Le había apetecido tomar café en la ventana del salón mientras miraba la inactividad típica de las calles al alba. Era un caballero sencillo en su esencia, cosido a punto de cruz. Solía encantarle mirar el azul de un mar, oír el pitido único de cada claxon o sentir el frío de una cuchara contra su carrillo. Pensaba inexistente el placer de la risa danzante de ombligos o el calor de los abrazos, basando sus pequeñas porciones de felicidad en paseos por aquel parque infinito que solía transitar alguna de sus mañanas.

Fue al pisar tierra marciana cuando se asombró al verse nadando en las profundidades de los lagos y mares donde encontró lo que, sin saberlo, andaba tanto tiempo buscando. Vio su figura cual triángulo equilátero.



Se encontró en lo profundo.

Halló lo esencial.
Soledad.

Por primera vez escuchó más allá de sus pensamientos buscando una porción de la vida que le faltaba. Agudizó el oído. Llovía.



Ella me miró después. Después de guiarme para que la encontrara me miró. Me miró para hacer saltar a mi ombligo y soplar entre las raíces de mi pelo. Sus ojos me abrazaron entre rayos de sol.


Y mi mundo se acabó.
El suyo también.

viernes, 31 de diciembre de 2010

eternidad (IV)

I, II, III



Ya no hay rumor de cadenas que asuste a los ratones.
Sólo una ruina vacía bajo los rayos de la noche, desafiando a la eternidad.




jueves, 30 de diciembre de 2010

sombras de luna (III)





Una mirada azul, azulísima, como el cielo que ya nunca ve, se descubre entre unos párpados de nieve y hacen luz la tiniebla, mientras la melena dorada refleja todos los matices de los amaneceres perdidos.
Un aliento cálido como las corrientes de verano se escapa entre los labios rosados, que murmuran palabras mudas a dos suspiros del suelo.
Una imagen, cientos de lunas atrás, borrosa y llena de polvo, se mezcla con otra que casi puede tocar, cerca, muy cerca, a un paso inexistente, y se queda quieto, muy quieto, mientras se oye una sola respiración.
El azul del cielo clava su pupila en la sábana y las cadenas y un grito ahogado deja cabalgar su eco por todos los corredores.
Casimiro suspira con eterna resignación. ¿Qué otra cosa podría esperar? Un fantasma ajado en una vieja ruina no es compañía para una hermosa dama solitaria. Pero, tú estás sola, yo también... No tiene porqué ser un cuento de terror.
El pálido pecho comienza a palpitar más despacio y los inquietos ojos tornan en miedo en curiosidad.
¿Quién eres?
Sólo un espectro, la sombra de un hombre que ya ni existe, ni recuerdan, ni a veces pienso que en realidad viviera.
Y, ¿por qué no fuiste con los demás? ¿Por qué de tu soledad entre estos muros...? ¿Por qué arrastras esas cadenas?
Un temblor recorre el cuerpo inmaterial de Casimiro. Se oye un rumor metálico del pesado roce contrala piedra del suelo.

Ecos de siglos pasados resurgen desde el fondo de una memoria dormida. Miles de cascos de caballos golpean tierras lejanas entre gritos de hombres fieros, valientes y asustados. Aullidos de victoria, cuerpos ensangrentados y amigos perdidos. Una lenta, dolorosa y anhelante vuelta al hogar y comentarios sorprendidos en voz muy baja de quienes no esperaban volverlo a ver.
Y entonces, la oscuridad.
Millones de noches en vela, pensando en el regreso, suplicando sus ojos, sus labios, su aliento. No había batalla dura si la recompensa era volver a sus brazos. Pero al regreso ya no estaban sus ojos, ni sus labios, ni su aliento; Sólo una fría losa blanca con su nombre en suelo de una capilla. Se la llevó el invierno, dijeron. No esperó a la primavera. No lo esperó a él.
El recuerdo aquí se pierde, entre delirios de loco, bramidos de animal herido y fragmentos de mármol blanco y madera astillada.
Y ya siempre fue un espectro vagando por su castillo, la sombra de un hombre que existió y durante un tiempo recordaron, pero que ya no volvió a vivir ni en vida.

La única respiración se detiene y, por un momento, todo es silencio en la inmensidad. Una lágrima plateada brilla resbalando por la blanca mejilla, junto al oro de su pelo.
Creo que ya nadie ama así... Yo una vez...
La noche avanza, entre estrellas y sombras de luna, donde se encuentran dos almas que se tocan en la distancia de los siglos, mezclando los añicos que aún les quedan para matar la soledad.