Un día explotó hacia dentro
y entre los escombros sólo encontraron
su sonrisa.
lunes, 10 de junio de 2013
miércoles, 8 de mayo de 2013
Hubo tiempos en los que creyó que las aguas fluían en favor de su destino, y se sorprendió con los pulmones anegados de fango a punto de dar su última bocanada antes de casi llegarse a ahogar.
Días vinieron que le cantaron poesías con olor a rosas, pero el otoño marchito le arrebató las fragancias y los pétalos y le recordó una mentira vestida con traje de espinas.
Los astros no formaron una línea perfecta que señalara su horizonte y, soplar, soplaron los vientos, pero siempre en la dirección equivocada.
Lunas, soles, estrellas y rocío crearon cuadros espléndidos que se desvanecerían cada ensoñación y negro, frío y nieve cubrieron su almohada con una madrugada más.
Sabía que no llegaría. También sabía que él no saldría a buscarlo. Esperar, respirar, dormir o anhelar y una rueda incesante de mariposas y escorpiones rodando pendiente abajo.
Y algún dios riendo en su trono de nubes, contemplando con sarcasmo el devenir.
Celeste, naranja, rojo, morado. Azul, azulísimo. Negro. Los colores volverían a cambiar. La sonrisa irónica volvería a iluminar el universo.
Siempre fue así, o eso le dijeron. Tampoco creyó necesario investigar.
Era sentir todo o sentir nada y nunca había sabido nada de sentir poco.
Esquivar a la cordura, como juego divertido y peligroso. Saltar, sin llegar a levantar los pies llenos de barro.
Tampoco llegó a creer necesario volar.
Y cálidamente tumbarse entre las flores y las zarzas, a escuchar el agua correr en la dirección equivocada.
Días vinieron que le cantaron poesías con olor a rosas, pero el otoño marchito le arrebató las fragancias y los pétalos y le recordó una mentira vestida con traje de espinas.
Los astros no formaron una línea perfecta que señalara su horizonte y, soplar, soplaron los vientos, pero siempre en la dirección equivocada.
Lunas, soles, estrellas y rocío crearon cuadros espléndidos que se desvanecerían cada ensoñación y negro, frío y nieve cubrieron su almohada con una madrugada más.
Sabía que no llegaría. También sabía que él no saldría a buscarlo. Esperar, respirar, dormir o anhelar y una rueda incesante de mariposas y escorpiones rodando pendiente abajo.
Y algún dios riendo en su trono de nubes, contemplando con sarcasmo el devenir.
Celeste, naranja, rojo, morado. Azul, azulísimo. Negro. Los colores volverían a cambiar. La sonrisa irónica volvería a iluminar el universo.
Siempre fue así, o eso le dijeron. Tampoco creyó necesario investigar.
Era sentir todo o sentir nada y nunca había sabido nada de sentir poco.
Esquivar a la cordura, como juego divertido y peligroso. Saltar, sin llegar a levantar los pies llenos de barro.
Tampoco llegó a creer necesario volar.
Y cálidamente tumbarse entre las flores y las zarzas, a escuchar el agua correr en la dirección equivocada.
sábado, 4 de mayo de 2013
aquélla fue
Ocurrió aquella noche en la que las mil lunas que habíamos dibujado levantaron sus piececitos del suelo hacia el cielo, para acompañarse de mil luciérnagas sonrientes y una oscuridad inalcanzable con mi mano y con la tuya. No sé si llega tu memoria a alcanzar la noche que fue, la noche en la que tu respiración y la mía se unieron para atrapar el oxígeno flotante del universo para hacerlo único, de color violeta o yo qué sé. Recuerdo que noté tus labios anidando en mi cuello y los quise coser o pegar o yo qué sé, para que no moraran otro cuerpo, para que, cuando entre mis sábanas estuviera, notara los besos que me brindan los recuerdos. Aquella noche no terminó como otra cualquiera, no terminó o no sé si es que el sol desapareció o ya no lo volví a ver porque tapé mis ojos con tus sonrisas y el sonido de tus sueños alados y aquellas palabras que olían a rosas rojas. Es la noche de mi infinita gracia, la noche que me convertí en reina y en soldado, es aquella noche. No sé si recuerdas que me plantaste un beso en la mejilla y ya se me olvidó que existía un mar bravo lejos de allí o unos árboles secos u otro mundo de lamentos, lágrimas o yo qué sé. La noche que el viento sopló llevándose mis cenizas que habían hecho campamento entre mis tripas. No sé si te acuerdas que dormí entre los abrazos que tú tallaste y los expuse en mi museo dorado.
La noche de mi paz o... yo qué sé.
La noche de mi paz o... yo qué sé.
miércoles, 27 de marzo de 2013
camino
Podría aceptar que el camino fuera pedregoso y que los guijarros cortados sin piedad por tantas madrugadas plateadas le desgarraran la blanca piel de sus pies. Podía afrontar el seguirlo a tientas, a gatas, a ciegas, sin más pista que sus propia sombra entre la más negra oscuridad. Podría soportar buscarlo ayudado sólo con un mapa dibujado con estrellas que devora la feroz boca de la noche inmensa. Era capaz de soportar el miedo, de no petrificarse. No le importaría llorar.
Si la senda existiera, la seguiría. No diría que sin dudarlo, porque lo dudaría una y cien veces. Pero, aun así, la seguiría. Era demasiado tarde para volverse atrás y demasiado pronto para dejar de avanzar, así que daría otro paso sin prestar atención al baño escarlata que sus pies daban a su rastro. No sería difícil encontrarle, si se le quería buscar.
Haría una enorme cordillera juntando tres granos de arena y luego la echaría abajo de un soplo, como todas las batallas internas que había llegado a librar. Se quitaría el yelmo para gritar con furia antes de decidir atacar otra estúpida vez a un nuevo molino. Si el camino fuera real, podría matar al dragón con sus propias manos para recorrerlo, aunque sus profundos ojos de lava no le volviesen dejar dormir.
El pánico, la angustia, la frustración, la soledad. Podía vencerlos a todos, aunque le fuera su pálida vida en ello.
Sólo una cosa podría paralizarlo, anclarlo al suelo, hacerlo morir:
Si la senda existiera, la seguiría. No diría que sin dudarlo, porque lo dudaría una y cien veces. Pero, aun así, la seguiría. Era demasiado tarde para volverse atrás y demasiado pronto para dejar de avanzar, así que daría otro paso sin prestar atención al baño escarlata que sus pies daban a su rastro. No sería difícil encontrarle, si se le quería buscar.
Haría una enorme cordillera juntando tres granos de arena y luego la echaría abajo de un soplo, como todas las batallas internas que había llegado a librar. Se quitaría el yelmo para gritar con furia antes de decidir atacar otra estúpida vez a un nuevo molino. Si el camino fuera real, podría matar al dragón con sus propias manos para recorrerlo, aunque sus profundos ojos de lava no le volviesen dejar dormir.
El pánico, la angustia, la frustración, la soledad. Podía vencerlos a todos, aunque le fuera su pálida vida en ello.
Sólo una cosa podría paralizarlo, anclarlo al suelo, hacerlo morir:
que no hubiese camino.
martes, 5 de marzo de 2013
devenir
Es el momento que llega y no ves venir, ese instante que, de puntillas, te asomas a ese vacío negro y oscuro. Te agarran esas cuerdas al mismísimo cielo, al oxígeno de flores, al mundo ese que pensabas que para ti no era. ¿Y qué es lo que toca ahora? Te toca con su mano en el hombro para tranquilizarte, para que te gires y sonreírte con frescura y soplarte un poco entre esos labios sonrosados, entreabiertos.
Es definitivamente lo mejor en ciertas ocasiones, dejar descansar tus neuronas, cantarles algo fino y dejarlas dormir para que no estorben el ritmo sosegado de tu abdomen inflado y desinflado. Deslizar mis dedos entre los recuerdos, noche tras noche sabiendo que las ensoñaciones reviven entre cuatro paredes cualquiera.
Y el secreto no es ninguno, es una casualidad extraña que se te antoja caprichosa, es lo que viene o lo que toca como si no pudiera venir o tocar otra cosa. Que te rindas a la música que te trae el aire y las nubes, que te rindas a sus caricias, que te rindas y lo demás es lo que viene o lo que toca.
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